«La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido»
Howard
Phillips Lovecraft, uno de los más brillantes autores de literatura de terror
que ha dado la humanidad, se refería en estos términos al miedo, puede que una de las emociones más complejas y de la que, en situaciones de la vida real, casi
instintivamente huimos. No obstante, cuando
consumimos ficción, lo cierto es que experimentamos una suerte de adicción
incomprensible por sentirnos vulnerables, por que nuestro corazón llegue
casi al punto del colapso y sintamos cómo se nos hiela la sangre, sensaciones
que el autor de La llamada de Cthulhu conseguía
crear de manera magistral.
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| Trump se fusiona con Pennywise: el epítome del terror norteamericano. Foto: The New Yorker |
“Repasando
la historia del cine de terror encontramos monstruos surgiendo en los años 50
de nuestros miedos por el hombre del saco radiactivo, zombis en los años 60 con
Vietnam, Pesadilla en Elm Street como
la desconfianza en la autoridad a raíz del escándalo de ‘Watergate’, y de nuevo
zombis en el 2000 como reflejo de nuestros miedos virales y pandémicos”
Pareciera
como si estas obras de ficción actuasen como catarsis del día a día, o incluso
como profecías de sucesos que ojalá nunca hubiesen ocurrido. No obstante, hay un elemento por encima de estas
consideraciones, común a todas las obras que se han mencionado hasta ahora: no hay ni una sola mujer al mando. Pero
parece que poco a poco la tendencia va cambiando.
Cuando
la ficción atrofia la realidad
Stephen
King dice que “la ficción es una verdad dentro de una mentira”, y el prototipo
clásico de película de terror cliché ha tendido siempre a reforzar, de manera
más o menos directa, una idea: la chica como figura vulnerable y habitualmente
en posición de peligro, que además es atractiva para el hombre. Esto se
materializa en tres grandes arquetipos:
la chica dulce e ingenua del piso de al lado; la damisela vulnerable,
normalmente asesinada (pensemos en cualquier película slasher); o la mujer, también vulnerable, que termina siendo
corrompida por un mal superior, sea un villano o ente paranormal o demoníaco. A
todo esto se le debe añadir la capa de ‘hipersexualización’
que, más aún en un género como el terror, sufren estos personajes femeninos,
obteniendo así un cóctel explosivo que
difícilmente supone una representación ni siquiera mínimamente real de la mujer.
Esto, que podría parecer simplemente una
decisión de los guionistas y que tan solo afecta a una narración de ficción, se
vuelve peligroso cuando se repite una y otra vez el mismo tropo, creando así clichés
que calan más y más profundo en el pensamiento colectivo, véase títulos como Under the Skin. Es así como se llega a
extremos como la figura de la ‘seductora demoníaca malvada’, que Anita
Sarkeesian explica en el canal de YouTube “Feminist Frequencies”:
“Cuando
una ‘seductora demoníaca malvada’ aparece en pantalla, los hombres la
deshumanizan, reafirmando sus nociones machistas preconcebidas por las cuales
la mujer es manipuladora y mentirosa. Que las mujeres asuman este mito machista
entraña peligro; en lugar de reconocer que nuestra sexualidad es algo que debe
ser explorado y celebrado, nos repetimos a nosotras mismas que es nuestra única
forma de conseguir poder en la sociedad”.
A
este respecto, Chelsea Hawkins, bloguera freelance,
aporta una clave importante que profundiza en la idea de Sarkeesian:
“El
problema no es que las mujeres sean malas o sexys (pueden ser malas y sexys),
el problema es la forma en que esas imágenes se mezclan con muchas otras
imágenes misóginas que ya han permeado en la cultura popular. Ese es el
problema del que las películas de terror deben darse cuenta”.
Todo
esto se vuelve aún más caótico de comprender cuando los datos revelan que el género de terror
tiene más público femenino que masculino:
Expediente Warren: The Conjuring tuvo
un 53% de público femenino; La purga,
un 56%; y Mamá, un 61%. La profesora
de cine de la Universidad de California, Shelley Stamp, comenta incluso que ya
en los años 30 y 40 la promoción de las películas de terror de la época se
dirigía fundamentalmente a ellas. Esto lleva a pensar en cuestiones, como poco,
complejas: ¿podemos consumir estos
productos mientras seamos conscientes de su marcado carácter machista? ¿O
consumiéndolo estamos ayudando a perpetuar esas imágenes totalmente deformadas
de la mujer? Desde luego, lo que es cierto es que el género de terror no solo
está hecho por hombres: hay vida más allá de eso.
Las
chicas al poder
En
el cierre de la edición de 2017 del Festival de Cannes, la actriz y jurado del
festival Jessica Chastain se pronunció al respecto de la
representación femenina en las películas que
había estado viendo y valorando esos días. Comentó que su experiencia, salvo
algunas excepciones, fue bastante alarmante, porque la representación de la
mujer que se hacía en pantalla no se correspondía con la de personajes
femeninos reales, coherentes, humanos. En ese sentido, decía que cuando sean mujeres las que escriban esas
historias, podrá reconocer a personajes femeninos que se asemejen a su día a
día: personas activas, fuertes, que no actúen en función de los hombres que
las rodean.
Su
crítica, aplaudida por el resto de compañeros del jurado, supone por sí misma
un primer paso fundamental: es necesario que voces importantes dentro (y fuera)
de la industria hagan visible este problema y vislumbren posibles soluciones. La llegada del feminismo al cine parece conditio sine qua non para que los
clichés de los que hablábamos antes pierdan espacio a favor de historias
escritas y dirigidas por mujeres que dibujen un panorama más real, donde ese
arquetipo de ‘seductora demoníaca malvada’ quede relegado a esperpéntico, entre
otros estereotipos.
Un
cine de terror femenino, o mejor dicho feminista, supondría una
‘contranarrativa’ hacia esos clichés de los que se hablaba antes, además de una
profundización adulta en las posibilidades del género. Así, a través de una
representación real de la mujer, liberada, se establecerían unos mimbres de igualdad sobre los cuales
se pueden explorar nuevas cuestiones aún sin tratar, porque el grueso del
cine de terror hasta ahora, por su idiosincrasia, no lo ha permitido.
Gita
Jackson escribió un genial artículo en Polygon
que lo tituló “Horror movies are one of the few places women are told
their fears are real” (“Las películas de
terror son uno de los pocos lugares en que los miedos de las mujeres son
reales”). Babadook va precisamente de
eso, de una madre que tiene inseguridades y miedos, al igual que su hijo,
aterrado por el monstruo que sale del libro. Otras películas escritas y
dirigidas por mujeres, que también hacen incursiones distintas a lo común, son The Bad Batch, La invitación, The Lure o
Prevenge, entre muchas otras. Jovanka
Vuckovic, cineasta, cree que todas estas películas dirigidas por mujeres no son
sino “la prueba de que incluso el cambio de perspectiva más pequeño deriva en
nuevas ideas y formas de narrar. Como
las mujeres no han sido históricamente representadas como seres humanos reales,
cuando vemos películas así nos resultan totalmente nuevas y auténticas”.
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| Póster de 'Babadook', una cinta que critica la idealización de la maternidad |
En esa línea, Desirée de Fez apunta
que “la mayoría de las mejores películas de terror de los últimos años han sido
dirigidas por mujeres, sacuden o renuevan el género y aportan nuevos temas o
enfocan los de siempre de otra forma”. Un buen ejemplo para comprender a qué se
refiere, y también para adentrarse en este cine de terror feminista, sea Babadook,
que no solo te eriza la piel sino que es un ensayo magnífico sobre la
maternidad, como se explica en este artículo de Bitch
Flicks. La cinta adopta de forma
muy genuina un marcado carácter feminista, con una narración que se siente
natural y logra hacer su crítica de manera brillante. Otra película que también
trata estas cuestiones es la francesa Évolution,
hasta cierto punto con un toque más oscuro.
La
lista de ejemplos, comparaciones y análisis entre películas con y sin enfoque
feminista se hace larguísima, con casos como Carrie, de la que se podría hablar largo y tendido. Sirva de
ejemplo este apunte de Maggie Freleng:
“Durante la segunda ola del feminismo,
asustaba a muchos hombres el hecho de que las mujeres ganasen poder,
liberándose a sí mismas y a sus cuerpos. En este periodo era común que las
películas dibujasen la idea de una mujer liberada y qué podría pasar si esta
mujer tuviese demasiado poder. Películas como Carrie mostraron el miedo y el horror de una mujer con poder y qué
pasa cuando le da una oportunidad a su cuerpo”
También
es digno de mención otro fenómeno: hombres escribiendo y dirigiendo cintas que
afrontan este enfoque de una forma interesante. Es el caso de títulos como The Monster, The Eyes of My Mother o It
Follows, en la que se
explora la sexualidad de una manera ligeramente distinta.
En
definitiva, se trata de ser consciente de una realidad que está ahí, el
feminismo, y cómo poco a poco florece en los distintos campos del hacer humano.
Y ello entraña dos visiones complementarias: de un lado, las mujeres que cuentan
sus historias; de otro, los hombres que aprenden a apreciar esa realidad y a
deconstruirse. Dice Karyn Kusama, directora de La invitación, que “siente firmemente que la cultura de masas
quiere y necesita voces femeninas. Hay obstáculos, pero la perspectiva
femenina, la perspectiva ‘queer’ y la perspectiva
negra-asiática-latina-musulmana-desfavorecida-perseguida son necesarias”.
Parece lógico, por tanto, que en las historias que nos contemos procuremos no
dejarnos fuera a más de la mitad del planeta.



